Leer a Dmitri Shostakovich, oír a Julian Barnes

Jorge Sanz Barajas

La narrativa de Julian Barnes no es apta para quien solo busca en las letras trivialidad y entretenimiento; sus últimos libros parecen empeñados en hurgar allí donde moran las enfermedades incurables de la modernidad: cómo vivir el duelo, la pérdida y el vacío (Niveles de vida, 2014); cómo vivir el remordimiento, el envejecimiento, el persistente repiqueteo de la memoria (El sentido de un final, 2013); cómo respirar en medio del miedo a la muerte (Nada que temer, 2008). El celebrado autor de El Loro de Flaubert, cuyas letras han hecho reír desde mediados de los ochenta a medio mundo, lleva tiempo empeñado en ese sutil arte de congelar emociones que se deshacen en la lectura con la vívida sensación de que están recién cogidas del árbol de las letras. Tras la muerte de su esposa Pat Kannavagh en 2008, su espina dorsal ha cambiado. Son otros los motivos que le ocupan, son otras las inquietudes que desgrana en sus libros.

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