El desarme de ETA: la hora de la esperanza

Editorial

El pasado 17 de marzo se conocía a través del diario francés Le Monde que el 8 de abril ETA procedería a entregar el resto de las armas que componían su arsenal. La noticia fue recibida con cierta frialdad en los medios de comunicación. Los partidos políticos nacionales coincidieron en identificarla con la realidad de la derrota policial de la banda. En el País Vasco, el PNV definía el paso como lógico, y algo por lo que se había trabajado —en silencio y con discreción— durante meses. La izquierda abertzale dio credibilidad a la noticia, aunque apuntaba que todo podía fracasar por la hostilidad de los gobiernos español y francés. Todo parecía responder a un ritual bien trabado, en el que los participantes tenían claro su papel y sus líneas en el guion. Tal y como se anunció, en la fecha señalada y en el ayuntamiento de Bayona en el País Vasco francés, se certificaba la entrega de ciento veinte armas de fuego, tres toneladas de explosivos, miles de detonadores y munición, informando a la gendarmería de la localización exacta de los lugares donde se custodiaban. Entre los miembros de la comisión verificadora se encontraban el arzobispo de Bolonia, Matteo Zuppi, y el pastor metodista Harold Good, quien ya había participado en el proceso de entrega de armas del IRA en 2005. Más allá de las declaraciones políticas, necesariamente medidas y cautas, la inmensa mayoría de la ciudadanía ha reaccionado con ilusión ante el nuevo paso, que apuntaría al siguiente de la disolución de ETA.

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